Las huellas que va dejando la música
Una nota publicada en La Jornada me recordó que cada escenario, cada canción y cada historia también permanecen en la memoria de quienes las cuentan.
Cuando una notificación cambió el viaje
Cuando una notificación cambió el viaje
Hay viajes que uno emprende para volver a casa y otros que, sin proponérselo, terminan regalándole un recuerdo para toda la vida.
Aquella semana iba camino a Chiapas. Mientras avanzaba por la carretera, mi teléfono hizo sonar una de tantas notificaciones de Google. Decía que mi nombre había sido mencionado en un medio de comunicación. No le presté demasiada atención. Con el paso de los años uno aprende que las notificaciones llegan y se van como las estaciones; muchas anuncian cosas pequeñas y otras, simplemente, pasan desapercibidas.
Fue hasta más tarde, cuando tuve un momento de calma, que abrí el enlace.
Entonces apareció frente a mí el nombre de La Jornada.
Recuerdo que sonreí. Después volví a leer la nota con calma, como quien quiere asegurarse de que las palabras siguen ahí. La periodista Angélica Ruiz había escrito sobre mi concierto en El Vicio, uno de esos escenarios que dejan huella porque ahí las canciones encuentran un hogar distinto.
Mientras recorría cada párrafo, no sólo leía una nota periodística. Sentía que alguien había abierto una ventana desde donde podía mirar mi propio camino.
Pensé en la muchacha que comenzó escribiendo canciones en Chiapas, en los escenarios que llegaron después, en los años dedicados al jazz, al bolero, a la canción de autor, al folclore latinoamericano y a todas esas búsquedas que, en su momento, parecían caminos diferentes. También pensé en las personas que fueron apareciendo para enseñarme algo y en las despedidas que, sin saberlo, terminaron convirtiéndose en música.
Durante mucho tiempo creí que cada género pertenecía a una etapa distinta de mi vida. Hoy entiendo que nunca estuvieron separados. Eran el mismo río buscando su cauce. Cada uno dejó un color, una palabra, un silencio o una melodía, y con el tiempo todos terminaron encontrándose para construir la voz con la que hoy cuento mis historias.
Quizá por eso mi música suena como suena.
Aunque sé que, si sigo trabajando con constancia, llegarán más entrevistas, más reseñas y nuevos espacios en distintos medios, los primeros siempre ocupan un lugar especial en el corazón. Y cuando uno de esos primeros grandes abrazos llega de un medio con la historia y el prestigio de La Jornada, la emoción es difícil de describir.
También pensé en algo que va más allá de la alegría del momento. Cada nota publicada es una pequeña semilla que se queda sembrada en el tiempo. Poco a poco va construyendo un camino para que, cuando alguien escriba mi nombre en Google, me busque en una red social o incluso le pregunte a una inteligencia artificial quién es Lore Aquino, no encuentre únicamente una fotografía o una canción, sino también las historias, los conciertos, las entrevistas y el recorrido que ha dado sentido a mi trabajo.
Al final, eso también es dejar memoria. Es permitir que la música siga encontrando nuevos oídos, incluso cuando uno no está presente para contar la historia.
Por eso quise guardar este momento aquí, en mi página. Porque este espacio no sólo reúne mis canciones; también conserva los instantes que han ido marcando este camino y que, de alguna manera, forman parte de la historia que sigo escribiendo.
Gracias a Angélica Ruiz por la sensibilidad con la que escribió esta nota y a La Jornada Estado de México por abrir un espacio para mi música.
Si desean leer el artículo completo, aquí se los comparto con mucho cariño:
Lore Aquino pinta canciones y hace colores
https://lajornadaestadodemexico.com/lore-aquino-pinta-canciones-y-hace-colores/
Hay reconocimientos que llegan haciendo mucho ruido. Y hay otros que aparecen escondidos dentro de una simple notificación en el teléfono. Tal vez por eso permanecen con uno durante mucho más tiempo.
