NACIMAHÍ: La noche en que todo cobró sentido
Crónica de una noche inolvidable NACIMAHÍ 28 DE JUNIO
Capítulo I. Todo comienza mucho antes del escenario
No sé por dónde comenzar. Hay días que se quedan guardados para siempre en algún rincón del alma, y la tarde-noche del 28 de junio es uno de ellos. Han pasado algunos días y todavía me cuesta acomodar todo lo que sentí. Fue un cúmulo de emociones imposible de resumir en unas cuantas palabras.
Aquella noche estuvo llena de magia. Y no lo digo porque uno siempre piense que cada concierto es especial. No. Este de verdad lo fue. Hubo drama, incertidumbre, sorpresas, alegría, cansancio, trabajo, hermandad, cariño, unión… y también algunas pérdidas que llegaron justo en medio del proceso. Todo eso convivió durante semanas hasta desembocar en una noche que jamás olvidaré.
Estuvimos a punto de reprogramar el concierto. A unas semanas de la fecha la venta de boletos era muy baja y, aunque no fue la única razón, sí creo que un porcentaje muy importante tuvo que ver con las fechas del Mundial. Simplemente no podíamos anunciar nuestro concierto en muchos de los espacios estratégicos donde normalmente se promocionan los eventos culturales. Todo estaba destinado al fútbol. Era una indicación general y era imposible competir contra eso.
Hubo momentos en los que varios medios de comunicación nos respondieron algo que nunca olvidaré: “Lo que quieran… después del Mundial.” Confieso que dolía leer esas respuestas, porque detrás de un concierto hay meses de trabajo, inversión, ilusiones y un equipo entero que apuesta por un mismo sueño.
Pero también apareció la otra cara de la moneda. Más Música MX decidió seguir empujando conmigo. Hubo medios que sí nos abrieron las puertas cuando pudieron habernos dicho que no. El Sistema de Teatros reforzó la difusión y, poco a poco, comenzaron a llegar entrevistas, publicaciones, invitaciones y muestras de apoyo. Entonces tomamos una decisión: seguir adelante. Apretamos todavía más la promoción, confiamos en la gente que ha acompañado este proyecto desde hace años y entendimos que había momentos en los que simplemente había que hacer lo único que estaba en nuestras manos: trabajar… y esperar. Con paciencia. Con fe.
Y llegó el 28 de junio.
A las nueve de la mañana íbamos rumbo al Teatro Benito Juárez para comenzar el montaje. Mientras avanzábamos por la ciudad, una emoción enorme recorría mi estómago, mezclada con una incertidumbre muy difícil de explicar. Todo estaba listo. La banda había ensayado durante semanas. La voz estaba preparada. Los arreglos, los visuales, el montaje… todo había sido pensado hasta el último detalle. Y, sin embargo, mi cabeza seguía haciéndose preguntas: ¿y si llueve?, ¿y si el Mundial vuelve a frenarnos?, ¿y si las marchas complican el acceso?, ¿y si la gente decide quedarse en casa?
Comenzó la prueba de sonido y fue entonces cuando entendí que ya no había marcha atrás. Ahí estaba todo el equipo afinando cada detalle. Nuestra querida ingeniera de iluminación, Mary Varher, creando la atmósfera perfecta; el ingeniero de sonido haciendo lo suyo; y nuestro productor, Jesús Leonides, que además de ser un gran amigo terminó salvándonos la vida al conseguir un sistema de monitoreo y grabación del concierto de primer nivel.
Mientras recorría el escenario recordaba todas las semanas de preparación para llegar exactamente a ese momento. Los visuales que diseñé especialmente para este concierto, las canciones, los ensayos, cada decisión tomada con tanto cuidado. Y entonces apareció otro capítulo inesperado: el vestuario.
La falda que usé esa noche tiene una historia muy especial. Fue confeccionada en 2021 por Juli Rueda para un videoclip que, por distintas circunstancias, nunca llegó a realizarse. Desde entonces permaneció guardada. Nunca pude usarla. Había algo en ella que me recordaba una etapa difícil, una energía que todavía no lograba transformar.
Hasta ese día.
No sé cómo explicarlo, pero pareciera que la falda me llamó desde el rincón donde estaba escondida. Casi se asomó sola para recordarme que había esperado exactamente este momento. A veces pienso que las cosas tienen su tiempo, y que incluso los objetos guardan memoria. Aquella noche, por fin, encontró la historia para la que había sido creada.
La acompañé en un cambio de vestuario con una falda chiapaneca que mi mamá me envió desde Chiapas y, de pronto, sentí que todo tenía sentido. Era como llevar conmigo un pedacito de casa sobre el escenario.
Entré al camerino, respiré profundo y repasé mentalmente el concierto mientras me maquillaba. Esta vez no hubo fotografías de camerino. Me queda pendiente para las próximas presentaciones porque siempre me ha parecido un lugar lleno de verdad. Ahí todavía no existe el escenario; sólo existe la persona que está a punto de salir a encontrarse con su público. Eso sí, hubo fotografías maravillosas de toda la producción que más adelante compartiré por aquí.
Y entonces llegó el momento. Se apagaron las luces, anunciaron el concierto y comenzó a sonar la intro de NACIMAHÍ. El solo de batería de Jesús Bernal llenó el teatro con una fuerza impresionante. Poco a poco se fueron sumando Saukey y Manu, y el sonido de los tres volvió a recordarme por qué amo profundamente tocar con ellos. Son una sola respiración, una sola intención, una sola energía.
Llegó el momento de salir con “Qué Bonito”. Respiré, di el primer paso hacia el escenario… y entonces ocurrió algo que todavía me cuesta explicar.
Vi el teatro lleno. No podía creerlo.
Pero más sorprendente aún fue lo que pasó dentro de mí.
En otras ocasiones he salido con el corazón acelerado, con los nervios propios de cualquier concierto. Esta vez fue distinto. Miré a Saukey, miré a Manu, miré a Bernal y a Jesús Leonides en el audio… y sentí una paz inmensa. Como si estuviera en casa. Como si toda la incertidumbre de las semanas anteriores hubiera desaparecido en un solo instante.
Fue una calma tan profunda que dejé de pensar en todo lo demás. Ya no existían los boletos, ni el Mundial, ni la lluvia, ni las preocupaciones. Sólo existíamos nosotros, el escenario y la gente que había decidido compartir esa noche con nosotros.
Y entonces hice lo único que podía hacer.
Fluir…
Fotografías: Rafa Arriaga
Hoy puedo decir que valió la pena seguir creyendo. Aquellas semanas de incertidumbre me recordaron que los sueños no siempre avanzan al ritmo que uno quisiera, pero cuando se sostienen con trabajo, con un equipo comprometido y con personas que creen en ellos, encuentran la manera de florecer.
Esta historia aún tiene mucho que contar.
Continuará…



