NACIMAHÍ – Lo que el público nunca alcanza a ver
Los aplausos terminan. Las luces se apagan. Pero hay historias que apenas comienzan cuando el escenario queda en silencio.
Capítulo III
En el primer capítulo conté todo aquello que ocurrió antes de que se levantara el telón: la incertidumbre, las decisiones difíciles y los días en los que incluso pensamos que el concierto tendría que esperar. En el segundo compartí lo que viví desde el escenario, cuando la música tomó el lugar de las preocupaciones y el público terminó de darle sentido a tantos meses de trabajo.
Pero si la historia terminara ahí, estaría incompleta.
Porque un concierto no comienza cuando se apagan las luces del teatro ni termina con el último aplauso.
Existe un universo entero que el público rara vez alcanza a ver. Un lugar donde las canciones todavía no suenan y, sin embargo, ya están sucediendo. Ahí habitan quienes acomodan cables, prueban micrófonos, programan luces, afinan detalles, resuelven imprevistos y permanecen casi invisibles para que los demás podamos vivir la magia.
Esa noche comprendí que un escenario también se sostiene sobre la confianza.
Mientras las canciones seguían encontrando nuevos hogares entre el público,
Mientras sonaban los primeros acordes, no podía dejar de pensar en todo ese legado. Después del folclore latinoamericano, de los huapangos, del bolero y de las canciones nacidas desde mi propia historia.
El folclore y el jazz conviviendo con nuestras raíces me recordó que nunca he querido elegir un solo camino. Mi identidad artística siempre ha vivido precisamente ahí, en ese puente donde el jazz abraza al folclore y donde las tradiciones conversan con la libertad.
Esa noche ambos mundos respiraron juntos.
Y entonces, casi como si el cielo también hubiera decidido asistir al concierto, comenzó a llover.
Una lluvia intensa.
De esas que obligan a buscar refugio.
Pero nadie parecía tener prisa por irse.
Había sonrisas, abrazos, fotografías, conversaciones que seguían naciendo mientras el agua caía sobre la ciudad.
Todos regresamos a casa profundamente felices.
Entre tantos abrazos llegó una sorpresa que todavía guardo con muchísimo cariño.
Una querida amiga apareció con un hermoso ramo de flores.
No hizo falta decir demasiadas palabras.
Hay gestos que dicen mucho más que cualquier discurso.
Pero si hubo algo que terminó de enseñarme el verdadero tamaño de este proyecto fue mirar hacia atrás del escenario.
Ahí estaban quienes hicieron posible que cada detalle sucediera.
Mi profunda gratitud para Más Música MX, por creer que los artistas independientes también merecemos escenarios como éste.
Y muy especialmente para mi querida Libertad Estrada, quien estuvo pendiente absolutamente de todo: llamadas, horarios, invitados, accesos, necesidades del equipo y cada detalle, por pequeño que pareciera. Ella fue una de las grandes impulsoras para que esta noche existiera y una de las personas que nunca dejó de creer en este proyecto cuando todavía era solamente una idea.



Fotografías: Rafa Arriaga
Mi reconocimiento y cariño para mi amigo de tantos años, Jesús Leonides, productor de NACIMAHÍ y responsable del sonido del concierto. Conoce estas canciones desde que apenas comenzaban a tomar forma y ha acompañado este camino con profesionalismo, paciencia y una enorme sensibilidad.
Gracias también a Mary Varher, cuya iluminación convirtió cada canción en un paisaje distinto. La luz también cuenta historias, y aquella noche las contó con una belleza que acompañó cada emoción.
A David de la Fuente y Adriana Ruiz, por su entrega, su disposición y ese trabajo silencioso que pocas veces recibe aplausos, pero sin el cual nada sería posible.
Mi agradecimiento igualmente para todo el extraordinario equipo del Teatro Benito Juárez: técnicos, operadores, tramoyistas, personal de iluminación, audio, seguridad, acomodadores y cada persona que hizo posible que todo funcionara con profesionalismo y generosidad.
Ellos también son protagonistas de esta historia.
Y no puedo dejar de agradecer a alguien que permitió que este capítulo pudiera revivirse una y otra vez.
A mi querido Marcocodrilo, cuya sensibilidad detrás de la cámara logró capturar mucho más que imágenes. Todas las video imágenes nacieron de su mirada generosa y de su enorme talento.
Muy pronto compartiré también parte del concierto en video.
Y si esta crónica tiene un rostro, una mirada y una memoria visual, es gracias a mi querido Rafa Arriaga, autor de todas las fotografías que acompañan estos tres capítulos. Su enorme sensibilidad detrás de la cámara logró capturar mucho más que imágenes: supo detener el tiempo en una sonrisa, un abrazo, una mirada cómplice y la emoción de cada canción. Gracias a su talento, estos recuerdos permanecerán vivos mucho después de que el último aplauso se desvaneciera.
Porque algunas emociones merecen volver a escucharse.Cuando finalmente las luces del escenario se apagaron pensé que la noche había terminado.
Me equivoqué.
Todavía faltaba uno de los momentos más bonitos.
Salir al vestíbulo para encontrarme con tantas personas.
Firmar discos, pósters y programas.
Escuchar historias.
Abrazar amigos de toda la vida.
Conocer nuevos rostros que, sin saberlo, acababan de convertirse en parte de esta gran familia llamada NACIMAHÍ.
Y entre toda esa gente apareció otra sorpresa que me llenó el corazón.
Ahí estaban mi tío Veda, mis primas y mi sobrina.
Verlos ahí fue volver a casa sin haber salido del teatro.
Pensé también en toda mi familia y en tantos amigos que, desde distintos lugares, estuvieron pendientes de esta noche. Algunos pudieron acompañarme físicamente; otros lo hicieron desde la distancia, enviando mensajes, buenos deseos o simplemente sosteniendo este sueño con su cariño.
Todos estuvieron presentes.
Hoy, mientras termino de escribir estas líneas, entiendo que NACIMAHÍ dejó de pertenecerme únicamente a mí.
Ahora también vive en cada músico, en cada técnico, en cada fotografía, en cada video que pronto verá la luz, en cada persona que decidió comprar un boleto, en quienes compartieron una publicación, recomendaron una canción o hicieron fuerza desde cualquier rincón para que este concierto ocurriera.
Porque al final eso es la música.
Una obra nunca termina cuando baja el telón.
Empieza a vivir en la memoria de quienes la compartieron.
Quiero hacer un reconocimiento especial al Sistema de Teatros de la Ciudad de México por haber seleccionado a NACIMAHÍ dentro de su programación.
Para quienes caminamos desde la independencia, una convocatoria como ésta representa mucho más que una fecha en un calendario. Es una oportunidad, un voto de confianza y la confirmación de que el trabajo constante puede encontrar un espacio en escenarios tan importantes como el Teatro Benito Juárez.
Agradezco la confianza depositada en este proyecto y el honor de haber formado parte de esta programación. Espero que sea el inicio de nuevos encuentros y de muchas más oportunidades para que la música independiente siga encontrando escenarios donde compartir su voz.
Si este fue el primer capítulo que encontraste, te invito a regresar al principio. En el Capítulo I descubrirás todo lo que ocurrió antes de abrir el telón. En el Capítulo II revivirás lo que sucedió sobre el escenario, cuando las canciones encontraron su lugar entre nosotros.
Y si ya caminaste conmigo a lo largo de estos tres capítulos, me encantará que continúes explorando esta página. Aquí encontrarás mi historia, la de mis canciones, los proyectos que vienen y otros rincones donde sigo compartiendo este camino que continúa escribiéndose nota a nota.
Si alguna parte de esta crónica resonó contigo, compártela. Quizá alguien más necesite recordar que los sueños rara vez se construyen en soledad. Se levantan con trabajo, con perseverancia, con personas generosas y con la música que nos reúne.
Gracias por llegar hasta aquí.
Nos volveremos a encontrar muy pronto.
En otra canción.
En otro escenario.
O quizá en alguna página de este mismo viaje.
Porque, al final, NACIMAHÍ no fue solamente un concierto. Fue el comienzo de una nueva historia.



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