Donde el tiempo desaparece
Entre pinceles, recuerdos y el silencio de las madrugadas, descubrí que las jícaras nunca fueron solamente un lienzo. En ellas encontré una forma de volver a Chiapas, de abrazar mi historia y de entender que, quizá, siempre he pintado recuerdos.
Bitácora de Lore Aquino Capítulo 1 · Las jícaras de Nacimahí
Desde hace una semana el reloj dejó de tener importancia
Mis mañanas comienzan casi igual. Despierto, hago mi pequeño ritual: estiro el cuerpo, hago un poco de calistenia, respiro con calma, agradezco el nuevo día, dedico unos minutos a meditar, vocalizo, desayuno rico… y entonces comienzo.
Después me siento frente a una jícara.
Y entonces el tiempo desaparece.
Una pincelada conduce a otra. Un color llama al siguiente. Cuando vuelvo a levantar la mirada, la tarde ya se ha ido y, muchas veces, descubro que la madrugada ha llegado sin darme cuenta.
No siento cansancio.
Siento gratitud.
Durante estos días estoy dando forma a una nueva Colección Nacimahí, una serie de piezas inspiradas en las mujeres, la naturaleza, los símbolos y los colores que han acompañado este proyecto musical desde su nacimiento. Cada obra es distinta. Ninguna podrá repetirse exactamente igual, porque cada una guarda un momento diferente de mi vida.
Mientras las observo sobre la mesa pienso que, en realidad, nunca he pintado solo paisajes o personajes.
Siempre he pintado recuerdos.
Cada punto diminuto, cada línea casi invisible y cada pincelada paciente contienen algo más que pintura. Contienen horas de silencio, contemplación, esperanza y cariño. Me gusta pensar que, mientras doy color a una jícara, también acomodo algo dentro de mí. Como si, al pintar, algunas heridas encontraran un lugar donde descansar.
Tal vez por eso las jícaras ocupan un sitio tan especial en mi corazón.
Antes de convertirse en lienzos, ya formaban parte de mi historia.
Cuando era niña, en Tuxtla Gutiérrez, las veía todos los días. En ellas tomé pozol de cacao para refrescarme del calor chiapaneco y también el pozol blanco, preparado con un poco de sal y acompañado de un manguito verde recién cortado con chilito. Recuerdo caminar con mi mamá por el mercado mientras sostenía aquella jícara entre las manos. Entonces no imaginaba que muchos años después volvería a tomar ese mismo objeto, no para beber de él, sino para llenarlo de color.
Curiosamente, nunca pensé que terminaría pintando sobre una jícara.
La idea apareció cuando tenía diecisiete años. Formaba parte del grupo “Etcétera” y nos preparábamos para una gira por distintos municipios de Chiapas. En aquellos años mi vida giraba completamente alrededor del arte. Comenzábamos el día con ejercicio, seguíamos con clases de baile y canto, al mediodía íbamos al gimnasio y después ensayábamos durante horas. Era una disciplina intensa que hoy recuerdo con una enorme sonrisa.
En una de aquellas reuniones vi unas imágenes de la isla de Janitzio. Hubo algo en esa forma que despertó mi imaginación. Pensé que una jícara volteada podía convertirse en un pequeño mundo donde pintar un paisaje completo.
La emoción me ganó.
Tomé una jícara y decidí pintarla… con acuarela.
El resultado fue un desastre.
Bastó el primer contacto con el agua para que todo desapareciera.
Hoy me da risa recordarlo, aunque en ese momento sentí una enorme vergüenza.
Afortunadamente no abandoné la idea.
Durante los años siguientes seguí experimentando. Aprendí a preparar la superficie, a trabajar con fondos blancos, a utilizar pintura acrílica y a descubrir distintos tipos de barniz hasta encontrar una técnica que realmente protegiera la obra.
Las jícaras nacen del fruto del morro. Después de vaciarlas y dejarlas secar bajo el sol, quedan listas para comenzar una nueva vida. Durante siglos nuestros ancestros las utilizaron para beber agua, pozol, caldo de piedra e incluso para bañarse a jicarazos. Yo terminé encontrando en ellas un lienzo.
En aquellos primeros años me gustaba colocarlas boca abajo sobre una mesa. Me parecían pequeñas islas, con sus casitas de pueblito, apareciendo en medio de una casa.
Hasta que un día mi hermano observó una de ellas y dijo:
—¿Y si pudieran colgarse?
Confieso que al principio no me convencía la idea. Sentía que el paisaje perdería continuidad.
Entonces respondió con una naturalidad que todavía me hace sonreír.
—Pues pártelo en dos.
Y eso hice.
La tierra abajo.
El cielo arriba.
Esa decisión transformó por completo mi manera de pintar.
Desde entonces los atardeceres comenzaron a ocupar un lugar muy importante en mis obras. Quizá porque los atardeceres siempre estuvieron presentes en mi infancia. Mis padres me enseñaron, casi sin darse cuenta, a detenerme para contemplarlos. Era una especie de ritual silencioso que con los años entendí como un regalo. Esa historia merece su propio espacio y prometo contarla algún día.
Con el tiempo los paisajes dieron paso a las mujeres, las cabelleras, los animales, las flores, hojas, follajes y pequeños símbolos que aparecían casi sin que yo los llamara. Sin darme cuenta, la jícara terminó convirtiéndose en mi lienzo favorito.
Me gusta pintar sobre tela, trabajar con pastel y experimentar con otros soportes e incluso tuve la fortuna de intervenir huevos de avestruz, una experiencia que disfruté muchísimo.
Pero las jícaras siempre me llaman de regreso.
Tal vez porque cuando sostengo una entre las manos siento que también sostengo un pedacito de Chiapas.
Mientras escribo estas líneas, la mesa de trabajo continúa llena de pinceles, colores y piezas esperando su turno. Entre una pintura y otra preparo comida, dedico un rato a mi repertorio musical, respondo algunos mensajes, organizo los próximos conciertos con Los Macorinos y continúo planeando la gira de Nacimahí por Puebla, Xalapa y la Ciudad de México.
Después regreso al mismo lugar.
A veces con una lupa para poder pintar los detalles más pequeños.
Y vuelvo a perder la noción del tiempo.
Dentro de poco esta Colección Nacimahí encontrará nuevos hogares. Cada jícara viajará acompañada de una historia, de una canción y de un pedacito de la tierra que me vio nacer.
Porque, al final, eso es lo que siempre he intentado hacer.
No pintar objetos.
Sino pintar recuerdos.
Cada jícara que pinto pertenece al universo de Nacimahí. Así como algunas historias nacen convertidas en canciones, otras encuentran su voz en el color. Cada pieza está intervenida completamente a mano y es irrepetible. Es mi manera de seguir cantando cuando la música se convierte en pintura. Muy pronto abriré esta colección para que cada obra encuentre un nuevo hogar y continúe su historia junto a quienes decidan llevar consigo un fragmento de este universo.
Con cariño,
Lore Aquino
Cantora de colores. Pintora de canciones.


