Donde las canciones encontraron su hogar
Cuando por fin se apagaron las luces y comenzó la música, todo cobró sentido. Este capítulo narra lo que ocurrió sobre el escenario: las canciones, las emociones compartidas con el público y momentos inolvidables, como la presencia de la familia del maestro José Vaca Flores durante la interpretación de Esclavo y Amo. Una noche en la que la música habló por todos.
Capítulo II. Concierto NACIMAHÍ Teatro Benito Juárez CDMX 28 de Junio 2026
Cuando la música tomó el escenario
Después de todo lo que había ocurrido antes de abrir el telón, llegó el instante que imaginé durante meses.
Las preocupaciones se quedaron del otro lado del escenario. Ya no había pendientes por resolver, llamadas por hacer ni decisiones que tomar. Ahora sólo existían las canciones.
La primera parte del concierto pasó casi sin darme cuenta. Entre una pieza y otra levantaba la mirada y descubría sonrisas, miradas cómplices y personas que se animaban a cantar conmigo fragmentos de canciones que, no hace mucho, sólo existían en mi libreta o entre las paredes del estudio.
Entonces sonó “Búsqueda Nocturna”.
Hay canciones que uno interpreta y otras que simplemente se viven.
Ésa pertenece a las segundas.
Mi querido amigo, el compositor y fotógrafo regiomontano Ricardo Escareño, nos regaló hace tiempo una canción que terminó encontrando un lugar muy especial dentro de nuestro repertorio. Con los años fue tomando un aire funk que nos obliga a jugar, a escucharnos y a disfrutar.
Y vaya que la disfrutamos.
Bastaba una mirada entre nosotros para entender hacia dónde quería caminar la siguiente frase. Ésos son los momentos que más disfruto de estar sobre un escenario: cuando la música deja de ser algo ensayado y comienza a respirar por sí sola.
Mientras todo eso ocurría, no podía evitar mirar a Saukey Liy.
Muchos lo conocen como guitarrista, pero es también el director musical y arreglista de NACIMAHÍ. Cada transición del concierto, cada cambio de atmósfera y cada detalle que esa noche pareció suceder con absoluta naturalidad nació primero en su imaginación.
Siempre me emociona verlo tocar.
Nunca busca imponerse sobre una canción; la escucha, conversa con ella y la deja crecer. En “Mortal Capricho”, como en varias piezas de la noche, volvió a regalarnos uno de esos solos que parecen seguir cantando cuando la voz guarda silencio.
– Fotografías: Rafa Arriaga
A su lado, Jesús Bernal sostenía el pulso del concierto con esa elegancia que lo caracteriza. Hay bateristas que únicamente marcan el tiempo y otros que construyen atmósferas. Jesús pertenece a estos últimos. Cada acento, cada silencio y cada dinámica hacían respirar a la banda como si todos fuéramos un solo instrumento.
Y abrazando todo ese universo sonoro estaba Manuel Merchand.
Siempre he pensado que el bajo se parece a las raíces de un árbol. No siempre son lo primero que uno observa, pero basta imaginar el árbol sin ellas para comprender su importancia. Manu sostenía cada canción con una calidez y una elegancia que nos permitían caminar con absoluta libertad.
Mientras nosotros vivíamos todo eso sobre el escenario, detrás de la consola Jesús Leonides, productor musical de NACIMAHÍ e ingeniero de audio de esa noche, cuidaba cada detalle del sonido. Él conocía esas canciones desde mucho antes de llegar al teatro; había acompañado su nacimiento en el estudio y sabía exactamente cómo queríamos que respiraran. Su trabajo fue silencioso, casi invisible, pero absolutamente fundamental.
Después llegó uno de los momentos que más había esperado.
Presentar a Los Macorinos.
Tenerlos compartiendo escenario con nosotros representaba mucho más que una colaboración. Era el encuentro de caminos que la música había ido cruzando con el paso del tiempo.
Comenzamos con “Hojas de Palma” y enseguida llegó “El Andariego”.
Durante esos minutos parecía que el tiempo caminaba más despacio.
Sólo estaban las guitarras, mi voz y un teatro entero cantando con nosotros.
Volteaba a mirar al maestro disfrutando cada acorde con esa serenidad que sólo tienen quienes han dedicado toda una vida a la música. Hay imágenes que uno sabe que no volverán a repetirse exactamente igual y, quizá por eso, decide guardarlas muy cerca del corazón.
Poco a poco regresó toda la banda y el escenario volvió a llenarse de fuerza.
Entonces aparecieron Niñovan.
Leonarda y José de la Rocha llegaron con esa autenticidad y esa alegría que los caracteriza. Antes de comenzar nos dimos un abrazo grupal. De esos abrazos sinceros que duran apenas unos segundos, pero dicen muchísimo.
Y comenzó “Mandarinas y Limones”, una canción que José y yo escribimos con muchísimo cariño.
Ver reunidos en un mismo escenario a Niñovan, Los Macorinos y toda la banda fue uno de esos regalos que la música ofrece muy de vez en cuando. La energía cambió por completo. Ya no existían invitados especiales ni músicos acompañando un proyecto. Éramos una sola familia compartiendo canciones.
Uno de los instantes más entrañables de la noche llegó con Suset.
La admiro profundamente como cantante, compositora, educadora y multiinstrumentista. Cuando aceptó acompañarme sentí una alegría enorme, porque siempre he pensado que uno de los mayores privilegios que puede vivir un compositor es escuchar cómo una canción encuentra otra voz desde donde volver a nacer.
Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Después cantamos juntas. La bossa nova ese rincón donde siempre vuelve mi corazón nos abrazó durante unos minutos. Levanté la mirada y vi a la banda sonriendo, al público completamente entregado y al teatro respirando al mismo compás.
Hay que, cuando suceden, parecen haber estado esperando toda la vida para encontrarse.

La noche siguió cambiando de colores.
Con “Moondance” nos sumergimos de lleno en el jazz. Ahí Jesús Bernal nos regaló un solo de batería elegante, preciso y profundamente musical que arrancó una ovación inmediata. Al mismo tiempo, Manuel Merchand construía desde el bajo un recorrido impecable, haciendo que ambos instrumentos dialogaran con absoluta naturalidad.
Después llegó “Ares de Bolero”.
Y una vez más la guitarra de Saukey apareció para decir aquello que las palabras ya no alcanzaban. Sus armonías y sus intervenciones parecían prolongar la emoción de cada frase, llevando la canción hacia lugares donde únicamente la música sabe hablar.
Uno de los momentos más significativos para mí fue presentar el arreglo que realizamos para “Esclavo y Amo”.
Días antes había visitado la SACM para conocer el Catálogo de Oro, donde se resguarda una parte invaluable del legado de nuestros grandes compositores. Caminar entre esas obras hizo que esa canción adquiriera un significado distinto. Mientras la interpretaba no podía dejar de pensar en el enorme privilegio y la responsabilidad que representa seguir creyendo en la canción mexicana.
Uno de los momentos más significativos para mí fue presentar el arreglo que realizamos para “Esclavo y Amo”.
Días antes había visitado la SACM para conocer el Catálogo de Oro, donde se resguarda una parte invaluable del legado de nuestros grandes compositores. Caminar entre esas obras hizo que esa canción adquiriera un significado distinto. Mientras la preparábamos para el concierto no podía dejar de pensar en el enorme privilegio y la responsabilidad que representa seguir creyendo en la canción mexicana.
Pero esa noche la emoción fue todavía mayor.
Entre el público se encontraba la familia del maestro José Vaca Flores, autor de la música de Esclavo y Amo. Habían asistido diecisiete integrantes de su familia, entre ellos su esposa. Saber que nos estaban escuchando hizo que cada palabra y cada nota cobraran un sentido mucho más profundo.
Mientras la interpretaba pensaba en el legado que dejan las canciones cuando nacen desde el corazón. Mirar a su familia ahí, acompañándonos y compartiendo ese instante, fue un verdadero honor. Sentí que, por unos minutos, la historia de esa obra volvía a respirar frente a nosotros. Fue uno de esos momentos que difícilmente se olvidan.
Cuando el concierto comenzó a llegar a su final, miré a Saukey, a Manu, a Jesús Bernal, a Jesús Leonides detrás de la consola, a Los Macorinos, a Niñovan, a Suset, al equipo de producción y al público que permaneció con nosotros hasta la última nota.
Entonces entendí algo.
NACIMAHÍ nunca fue solamente un concierto.
Fue el encuentro de personas que creen profundamente en la música y que decidieron regalarse unas horas para compartirla.
Y aunque desde las butacas parecía que la historia había terminado con el último aplauso…
La verdad es que apenas comenzaba.
Porque detrás del escenario todavía quedaban muchas historias por contar: las pinturas que acompañaron cada canción, los secretos que esconden algunas composiciones, los detalles que casi nadie vio, las pequeñas anécdotas que ocurrieron entre bambalinas y los nuevos caminos que NACIMAHÍ comenzará a recorrer.
Pero ésa…
Ésa será la historia del siguiente capítulo.
Fotografías Rafa Arriaga.








